CATÓLICOS EN SALAMANCA – El Pedroso de la Armuña, volver al pueblo es volver a las raíces

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Vecinos que un día se marcharon han regresado tras la jubilación y han reencontrado también la iglesia que formó parte de su infancia, de sus familias y de su historia

 

SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN

Hay caminos que, después de muchos años, terminan llevando de vuelta al mismo lugar. Al pueblo, a la casa familiar, a los amigos de la infancia. Y también a aquella iglesia a la que un día se entraba de la mano de los padres o los abuelos. En El Pedroso de la Armuña son varios los vecinos que se marcharon, hicieron su vida lejos y, llegada la jubilación, decidieron regresar. Y en ese regreso a sus raíces han vuelto a encontrarse también con su iglesia. “Las raíces están ahí y vuelves”, dice Milagros.

El Pedroso de la Armuña pone el punto final al recorrido por tres localidades de esta comarca salmantina con motivo de la campaña diocesana “Tu pueblo, tu iglesia, tu historia”, después de Cabezabellosa de la Calzada y Pitiegua. Tres pueblos y muchas voces que recuerdan que detrás de cada templo hay algo más que un edificio: hay generaciones, familias y buena parte de la historia de quienes crecieron a su alrededor.

Historias de ida y vuelta

Camilo nació en Pedroso en 1953. Cuando tenía once años, su familia emigró a Santurce, en Bilbao. Eran nueve hermanos y allí transcurrió prácticamente toda su vida. Trabajó durante años en la hostelería y las obligaciones apenas le permitían regresar. Cuando venía al pueblo era «”deprisa y corriendo”. Su madre, en cambio, seguía pasando aquí los veranos. Quizá entonces Camilo tampoco imaginaba que acabaría regresando definitivamente. Pero llegó la jubilación y volvió al lugar del que había salido siendo un niño.

Lleva cinco o seis años viviendo de nuevo en El Pedroso y su relación con la iglesia ha adquirido también otra dimensión. “En el pueblo es donde encuentras a la Iglesia”, explica. Ahora colabora con la parroquia, abre el templo los domingos, toca las campanas y ejerce prácticamente como sacristán. Él mismo bromea diciendo que se ha convertido de nuevo en “monaguillo”. También participa junto a otros vecinos en la elaboración del belén parroquial cada Navidad. Y está encantado. “Es una profesión que me he buscado y es la mejor”, dice entre risas.

En esta iglesia hizo su primera comunión antes de marcharse a Bilbao. Hoy, más de seis décadas después, vuelve a entrar en ella cada semana y ha recuperado incluso a aquellos amigos que dejó atrás en la infancia. “Me llena. Me llena lo que me faltaba entonces. Lo he llenado ahora y estoy feliz”.

Volver al mismo sitio

Victoria tiene 82 años y en el pueblo todos la conocen como Toya. También ella se marchó de El Pedroso después de casarse. Y también ella terminó regresando. “Mis raíces han vuelto otra vez al mismo sitio”, explica.

Hoy es una de las personas que cuidan y preparan la iglesia. Se coordina con Camilo: cuando uno no puede estar, está el otro. Su semana está ligada de alguna manera al templo. El sábado piensa ya en prepararlo y el domingo, en acudir a misa. “Para mí es el todo”, asegura.

De niña hizo aquí la catequesis. Recuerda cómo los niños se preguntaban unos a otros las cuestiones del catecismo, una por una, y cómo después acudían a una iglesia que entonces se llenaba. También aquí hizo su primera comunión, un 22 de mayo cuya fecha todavía conserva en la memoria. Pero la iglesia sigue teniendo hoy otra función que quizá sea especialmente importante en los pueblos pequeños: saber unos de otros. “Si falta alguien, preguntas qué le ha pasado”, explica Toya. Cada domingo se encuentran y, como todos se conocen, enseguida se nota una ausencia.

“Las raíces están ahí y vuelves”

Milagros también pertenece a esa generación que ha regresado después de jubilarse. Nació en Salamanca, pero lo deja claro desde el principio: “Soy de aquí”. Su familia es de El Pedroso y sus recuerdos están profundamente ligados a ella y a la fe que recibió en casa.

Eran diez hermanos. De niña compartía habitación con una de sus hermanas y con sus abuelos. Por las noches, su abuela les hacía rezar. Alguna vez las niñas se quedaban dormidas y la abuela tenía que llamarlas; otras veces era el abuelo quien se dormía y recibía algún codazo para despertarse.

Son recuerdos pequeños, domésticos, de esos que décadas después siguen dibujando una sonrisa. También recuerda una familia marcada por momentos muy difíciles, como la muerte de dos de sus hermanos, y la fortaleza con la que su madre afrontó aquellos golpes.

Durante una etapa de su vida reconoce que se alejó algo de aquellas prácticas que habían marcado su infancia. Pero al final sucedió lo mismo que con el pueblo. “Las raíces están ahí y vuelves”. Ahora el domingo sin misa le resulta extraño. “No nos parece domingo”, afirma.

La Virgen del Carmen

Y si hay una celebración que une a Milagros especialmente con El Pedroso es la fiesta de la Virgen del Carmen. Curiosamente, su propio nombre procede de otra advocación. Nació un 25 de noviembre y fue bautizada dos días después, festividad de la Virgen Milagrosa. Sin embargo, su gran devoción ha terminado siendo la Virgen del Carmen, profundamente arraigada en el pueblo. “Lo hemos vivido desde pequeñitos», explica.

Recuerda cómo el pueblo se viste de fiesta para la procesión y cómo la imagen va entrando lentamente en el templo mientras los vecinos cantan la Salve, iniciada por el sacerdote y repetida después por los fieles. La celebración es también uno de esos momentos en los que la comunidad recuerda que mantener una iglesia requiere la colaboración de todos. Por eso aprovechan la fiesta para recaudar fondos que ayuden a sufragar sus gastos.

“Lo que se vive de pequeño te llega al corazón”

Nunci, diminutivo de Anunciación, lleva casi nueve años viviendo prácticamente en El Pedroso, aunque continúa repartiendo su tiempo entre el pueblo y Salamanca. Su padre era de aquí y ella pasó en El Pedroso los veranos y las vacaciones de su infancia junto a su abuela y su tía. Con ellas se sentaba en esta misma iglesia para asistir a misa.

Después hizo su vida, llegaron los hijos y hubo épocas en las que acudía menos. Pero regresar al pueblo ha significado también recuperar algo de aquello que había formado parte de sus primeros años.

“Lo que se vive de pequeño y te llega al corazón, al final vuelves a tus raíces y es donde te sientes en paz“. Ahora viene a misa los domingos e intenta colaborar en todo aquello que se organiza. Y habla de la fe no solo como una tradición recibida, sino como algo que la ha acompañado en momentos especialmente difíciles. “Ha sido mi tabla de salvación en algunos momentos complicados de mi vida”, reconoce.

Cuando las raíces siguen esperando

La historia de El Pedroso de la Armuña es también la de tantos pequeños pueblos que vieron marcharse a buena parte de sus vecinos. Familias que emigraron buscando trabajo, jóvenes que hicieron su vida en otras ciudades y casas que durante años solo volvían a abrirse en vacaciones.

Pero algunos han regresado. Camilo volvió de Bilbao. Toya regresó después de haber vivido fuera. Milagros lo hizo al jubilarse. Nunci ha recuperado aquel lugar en el que pasaba los veranos junto a su abuela y su tía. Y cuando volvieron, la iglesia seguía allí. La misma en la que hicieron la primera comunión, aprendieron el catecismo, rezaron con sus padres o se sentaron junto a sus abuelos.

Quizá por eso cuidar las iglesias de nuestros pueblos significa también cuidar la posibilidad de regresar. Que quienes vuelvan dentro de diez, veinte o cincuenta años puedan seguir reconociendo algo de aquello que dejaron.

La campaña “Tu pueblo, tu iglesia, tu historia” recuerda precisamente que estos templos pertenecen a una historia compartida y que mantenerlos vivos necesita también del compromiso de quienes los sienten como propios.

En El Pedroso lo explican de una manera mucho más sencilla: uno puede marcharse durante años, hacer su vida lejos e incluso pensar que algunas cosas quedaron atrás. Pero las raíces permanecen.

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