CATÓLICOS EN SALAMANCA – El retiro diocesano abrió la Semana de Pastoral con una llamada a “convertirse a la comunión”

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La madre Prado, de las Agustinas de la Conversión, invitó a la comunidad diocesana a recorrer un camino de servicio, reconciliación y entrega para hacer realidad el lema “Que todos sean uno en Cristo para que el mundo crea”

 

SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN

La Semana de Pastoral de la Diócesis de Salamanca comenzó el jueves con un retiro diocesano marcado por el silencio, la oración y una llamada a vivir la comunión como vocación y tarea de toda la comunidad cristiana. La jornada estuvo guiada por hermanas de la comunidad de las Agustinas de la Conversión y tuvo como eje el lema que acompañará este nuevo curso pastoral: “Que todos sean uno en Cristo para que el mundo crea”.

El encuentro comenzó con la acogida a una asamblea formada por personas de distintos carismas, ministerios y realidades diocesanas. La propuesta era iniciar juntos el curso no desde la actividad, sino desde la escucha y la apertura al Espíritu Santo, generando “un clima de silencio, de oración” para encontrarse con el Señor y, desde ahí, poder darse a los demás.

La meditación principal corrió a cargo de la madre Prado, iniciadora de la comunidad de las Agustinas de la Conversión, quien planteó un itinerario “de la conversión a la comunión y de la comunión a la conversión”, pasando por la misericordia y la reconciliación.

La diferencia hace posible la comunión

A partir de distintos textos bíblicos, la religiosa recordó que la comunión forma parte del designio de Dios desde la creación. Frente a la tentación de entender las diferencias como una amenaza, señaló que precisamente la alteridad y la diversidad hacen posible la identidad y la comunión.

El relato de Caín y Abel le sirvió para detenerse en algunas de las dificultades que aparecen en ese camino: la comparación, el egoísmo o la pretensión de ocupar el lugar del otro. “Somos únicos, pero no somos el único“, recordó durante su reflexión, invitando a reconocer al diferente como hermano.

También recurrió a la figura de Noé, a quien presentó como alguien capaz de “reunir y proteger” en medio de un escenario de destrucción. Desde ahí lanzó una pregunta a los participantes: qué impide en la propia vida que pueda cumplirse ese designio de unidad al que está llamada toda la creación.

La madre Prado insistió en que la comunión “no se improvisa”, sino que requiere conversión. El egoísmo, la soledad, las heridas o el fracaso de determinados vínculos pueden conducir al escepticismo y hacer perder la confianza en las relaciones. Frente a ello, invitó a preguntarse si es posible “volver a creer” en la comunión y comenzar de nuevo.

El amor, una fuerza que une

En el centro de su meditación situó el amor, al que definió como “la única fuerza gravitatoria que junta” aquello que está dividido, separado o distante. Siguiendo a san Agustín, recordó su expresión “mi amor es mi peso” para explicar cómo el amor atrae, orienta y sostiene la existencia.

Un amor que, a imagen del de Dios, está llamado a vivirse desde la sobreabundancia, la gratuidad, la gratitud y el servicio. “No va a haber comunión si no hay gratuidad, gratitud, unidad y servicio”, afirmó.

La reflexión desembocó así en tres pasos pascuales para avanzar hacia una verdadera comunión. El primero, el lavatorio de los pies, como expresión del servicio y del abajamiento de Jesús; el segundo, la reconciliación y el perdón; y el tercero, aprender a reconocer a Dios también en la cruz, en el sufrimiento y en aquellas realidades donde su presencia puede resultar más difícil de descubrir.

La madre Prado invitó en este punto a trasladar la reflexión a la propia vida: “¿Qué me queda por perdonar?”, “¿qué perdones he recibido?” o “¿qué perdones me quedan todavía sin dar?”.

“Muchos cristianos y un solo Cristo”

En la parte final de la meditación, recordó que Cristo es el centro desde el que es posible la unidad. Lo explicó con la imagen de los radios de una rueda: cuanto más se aproximan al centro, más cerca están también unos de otros.

Y recurrió de nuevo a san Agustín: “Son muchos hombres y un hombre solo, muchos cristianos y un solo Cristo”. Una unidad que no elimina las diferencias, sino que reúne a personas distintas con capacidad para vivir en comunión.

Antes de concluir, la religiosa dejó una última imagen para acompañar el curso pastoral: el vuelo de los estorninos en otoño. Aves que se mueven juntas sin chocar, formando figuras en el cielo como impulsadas por un mismo viento. “¿Os imagináis los cristianos así?”, preguntó, comparando ese movimiento con “un viento del Espíritu» capaz de conducir a la comunidad y dejar una huella «en el cielo y en la tierra”.

Una invitación a orar cada jueves

Antes de finalizar, las Hermanas Agustinas de la Conversión invitaron también a toda la comunidad diocesana a unirse cada jueves por la tarde en la oración, teniendo como referencia el capítulo 17, 1-26 del Evangelio de san Juan y la petición de Jesús al Padre: “Que todos sean uno”. De este modo, la llamada a la comunión que marcó el retiro se prolongará en la oración a lo largo del curso pastoral.

Tras la meditación se abrió un tiempo prolongado de silencio y oración personal en distintos espacios, con posibilidad también de celebrar el sacramento de la reconciliación. La tarde concluyó con una oración comunitaria guiada por las Agustinas de la Conversión, prolongando así la invitación con la que comenzó el retiro: disponerse a escuchar al Espíritu para iniciar juntos un nuevo curso pastoral desde la comunión.

 

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