Cincuenta formadoras y formandas participaron, junto con el Consejo de la Federación, en un curso celebrado del 5 al 10 de julio en Salamanca, centrado en la vida espiritual, el buen trato y el acompañamiento
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
El Centro de Espiritualidad San Vicente de Paúl de Salamanca acogió el Curso de Formación para Formadoras y Formandas de la Federación de Monjas Agustinas Recoletas de España. En el encuentro participaron 50 hermanas, junto con el Consejo de la Federación, procedentes de diversos monasterios agustino recoletos de España.

La iniciativa reunió a hermanas de distintas etapas formativas y de varias comunidades, entre ellas el Monasterio de la Encarnación de Madrid, el convento de Santo Toribio de Vitigudino, la comunidad de Oviedo, la comunidad de Colmenar de Oreja, Santa Isabel de Madrid y San Martín, entre otros monasterios de la Federación. La diversidad de procedencias, edades y experiencias convirtió estos días en un espacio privilegiado de formación, convivencia, discernimiento vocacional y comunión fraterna.
El curso comenzó con la ponencia de Fray Jesús Lanao sobre la dimensión or
ante de la vida contemplativa. La oración apareció como uno de los ejes principales del encuentro y como fundamento de la identidad agustino recoleta. Así lo expresaba la hermana Mercedes, del Monasterio de la Encarnación de Madrid, al señalar que se quedaba especialmente “con el tema de la oración y el compartir con la comunidad”. Para ella, lo más valioso de la vocación es precisamente “la vida comunitaria”.
La formación integral de las hermanas
Por su parte, Fray Antonio Carrón desarrolló varias ponencias sobre la vida espiritual centrada en Jesucristo, la ascesis, el buen trato y los entornos seguros. Estos temas permitieron profundizar en la formación integral de las hermanas, uniendo la dimensión espiritual con la madurez humana, la vida fraterna y el cuidado mutuo dentro de las comunidades contemplativas.
La reflexión sobre el buen trato y los entornos seguros ofreció herramientas para favorecer relaciones sanas, fraternas y evangélicas dentro de las comunidades. En una vida llamada a ser signo de comunión, el cuidado de la persona, la escucha, la prevención de heridas y el acompañamiento adecuado forman parte esencial de la misión formativa. Este aspecto resultó especialmente significativo para las formadoras, llamadas a acompañar procesos personales y vocacionales desde la cercanía, el respeto y la fidelidad al carisma.

El curso concluyó con la intervención de Fray Bruno D’Andrea, quien abordó el manejo de los sentimientos. Su reflexión ayudó a reconocer la importancia de integrar la vida afectiva en el camino espiritual y comunitario.
Uno de los frutos más destacados del encuentro fue la experiencia de fraternidad entre hermanas. Viviana, del convento de Santo Toribio de Vitigudino, afirmaba que estos días le ayudaron a “profundizar más en la vida comunitaria” y a conocer a hermanas que quizá no conocía, enriqueciéndose “con lo que ellas traen, porque es mucho lo que cada una aporta”.
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