El investigador de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas analiza en El Espejo cómo actúan estos grupos, las situaciones de vulnerabilidad de las que se aprovechan y la importancia de prevenir los abusos espirituales y acompañar a las víctimas
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
Las sectas no siempre tienen una apariencia religiosa. Algunas se presentan como propuestas de crecimiento personal, terapias o actividades culturales, pero detrás pueden esconder dinámicas de manipulación y control. ¿Cómo actúan estos grupos? ¿Qué lleva a una persona a depender de ellos? ¿Pueden darse comportamientos semejantes dentro de la propia Iglesia?
Sobre estas cuestiones habló Luis Santamaría del Río, investigador de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES) y consultor de la Comisión de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española, en una entrevista concedida al programa diocesano El Espejo, de COPE Salamanca, con ocasión de la reciente inauguración del Diploma de Experto en Abuso Psicológico y Sectas de la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA). Esta formación, pionera en España, ha comenzado su primera edición con 17 estudiantes y tuvo a Santamaría como ponente para su conferencia inaugural.
P.: ¿Por qué es necesaria una formación específica sobre el abuso psicológico y las sectas?
R.: Porque es una realidad muy actual que afecta a muchísimas personas. Se calcula que en torno al 1% de la población española pertenece a una secta. Estamos hablando de más de 400.000 españoles, y esto merece todo un estudio en profundidad, que la Universidad Pontificia de Salamanca ha decidido afrontar con este curso de posgrado, pionero en España y uno de los pocos que hay a nivel mundial.
P.: Para situarnos, ¿qué entendemos hoy por secta?
R.: Tendríamos que hablar de una realidad que tiene una doble cara: la externa y la interna. La externa es sumamente positiva, atractiva, algo que nos puede interesar, venir bien o solucionar nuestros problemas. Y, la interna es un fenómeno de control y de manipulación de la personalidad. Por eso, me gusta utilizar una definición de secta muy gráfica que inventó Vicente Jara, un compañero de RIES, que dice que una secta es “un grupo depredador que practica el mimetismo y el señuelo”.
Es decir, su identidad se caracteriza por captar gente a través de una apariencia de otra cosa. Puede ser una apariencia religiosa o espiritual, pero también cultural, terapéutica, de autoayuda o de crecimiento personal. Y el señuelo es esa salvación, solución a los problemas, crecimiento personal, lo que sea que ofrece a los posibles candidatos.

P.: Este fenómeno está más presente en nuestra sociedad de lo que pensamos?
R.: Yo diría que está más presente que nunca, porque se trata de un fenómeno en crecimiento y en expansión. Las sectas se nutren de las vulnerabilidades, de las debilidades que todos tenemos. Algo en el fondo de problema, de insatisfacción. Incluso nuestros mayores valores y virtudes pueden ser un elemento en los que se fijen las sectas para proponernos algo.
Y también vivimos, quién lo va a negar, debilidades y vulnerabilidades a nivel social, tantas crisis que nos afectan. Pensemos en la soledad no deseada, en la incertidumbre ante el futuro, en tantos miedos, en el crecimiento de problemas como la ansiedad o la depresión, las rupturas familiares o los desengaños afectivos. Hay tantas cosas que nos hacen ser diana perfecta para las sectas que, por eso, podemos hablar de una realidad que está ahí y que crece.
P.: ¿Cómo consiguen estos grupos que una persona acabe dependiendo de ellos?
R.: Las sectas son muy hábiles para captar enganchándonos. Es lo que hacen: engancharnos. Es una especie de adicción. Los psicólogos la definen a veces como una adicción sin sustancias, una adicción comportamental o socioadicción.
Nos enganchan por el lado afectivo, por las emociones. No van nunca a nuestra cabeza para convencernos, sino que es una manipulación que comienza por recibirnos con mucho cariño, abrazarnos en todos los sentidos, hacernos sentir especiales, con un propósito. Y, poco a poco nos van aislando de los que son nuestros referentes: la familia, los amigos, nuestros valores, nuestras creencias,… para plantearnos una vida nueva que parece ideal y que comparten con nosotros con una generosidad absoluta.
P.: ¿Qué señales pueden alertar a familiares y amigos de que una persona puede estar siendo captada por una secta?
R.: Hay que estar atentos a los cambios: en el lenguaje, en las ideas, a lo mejor de forma brusca o quizás progresiva. También a los cambios de hábitos, de horarios y de compañía, sobre todo con la gente con la que andaba y ahora está compartiendo tiempo con otra, de forma física o virtual.
También hay que estar muy atentos a esas personas que cada vez pasan más tiempo delante de la pantalla del móvil, de la tablet o del ordenador. Nos puede parecer inocuo que vea ciertos vídeos, que hagan ciertas lecturas o participen en ciertos chats, pero ahí puede estar el inicio de que le estén engañando por medio de señuelos muy finos, muy invisibles, pero que ahí están. Y todo lo que suponga ese esa separación o distanciamiento con respecto a familia y los amigos hay que tenerlo en cuenta.

P: ¿También dentro de la Iglesia pueden darse comportamientos sectarios o propuestas espirituales que no sean compatibles con la fe cristiana?
R.: Pues se dan. A mí no me gusta hablar de sectas dentro de la Iglesia, porque son dos fenómenos muy distintos. Por un lado, dentro de la propia Iglesia pueden surgir corrientes con unas ideas y unas creencias que parecen compatibles (con la fe) porque son espirituales, son atractivas. Y resulta que nos encontramos con esoterismo, con lo que llamamos New Age, que en el fondo lo que viene a decir es que nosotros somos Dios. Y claro, si nosotros somos Dios, eso es incompatible con la fe cristiana, porque terminamos apartando a Dios de nuestras vidas.
Y otro fenómeno también preocupante dentro de nuestra propia casa es que se puedan dar esos rasgos sectarios de captación, engaño, manipulación. Todo eso que ahora venimos llamando abuso espiritual, abuso de poder y de conciencia, que va mucho más allá de los tan terribles abusos sexuales y que debemos tener en cuenta. Gente que al entrar en un grupo, en alguna orden religiosa, en una parroquia o un seminario, resulta que los que están encargados de ayudarle a encontrarse con Dios y a conocer la voluntad de Dios en su vida lo que están haciendo es someterlo a esa dinámica de grupo. Esas personas acaban ocupando el lugar de Dios. Por eso, tenemos dentro de la Iglesia tantas muestras, por desgracia, de actitudes sectarias, de rasgos sectarios que estamos llamados a erradicar, a prevenir y a que no vuelvan a suceder más.
P.: Vivimos en una sociedad cada vez más secularizada. ¿Por qué siguen entonces creciendo las sectas y las nuevas formas de espiritualidad?
R.: Sí, parece una contradicción, ¿verdad? Llevamos casi dos siglos oyendo que las religiones van a desaparecer y han ido perdiendo su importancia. Las sectas religiosas últimamente también van perdiendo capacidad de atracción, pero crecen un montón de propuestas en torno a la meditación, el crecimiento personal, el coaching, el sentirse bien con uno mismo o incluso el hacerse rico y tener una vida próspera.
Todo esto es muestra de que el ser humano tiene sed de trascendencia, sed de infinito y está siempre en búsqueda.
Por eso las sectas siempre van a tener éxito, porque hay necesidades humanas que lo material no puede satisfacer. Es decir, nuestro corazón tiene esa ansia de infinito que no pueden satisfacer las cosas mundanas y, entonces, la trampa espiritual siempre puede estar ahí.
P.: Ante esta realidad, ¿qué puede hacer la Iglesia para prevenir estas situaciones y acompañar a las víctimas y a sus familias?
R.: En primer lugar, de ser conscientes de que las sectas, más que un problema, más que una amenaza o competencia, son un desafío a la pastoral de la Iglesia que nos está metiendo el dedo en la llaga y diciendo que hay cosas que estamos haciendo mal o que hay cosas buenas que estamos dejando de hacer. Es decir, las sectas se aprovechan de los vacíos de la sociedad, pero también de las carencias de la iglesia, porque no está ofreciendo muchas veces lo que el ser humano necesita. Y tenemos que ser conscientes de esta realidad y ser sensibles a las víctimas de las sectas.
Los pobres siempre tienen que ser la opción preferencial de los cristianos, y las víctimas de sectas y las familias afectadas por este problema tienen que encontrar en nuestras comunidades y en nuestros agentes pastorales un corazón abierto, las puertas siempre abiertas y disposición de ayudar. Aunque sea un problema complejo, tenemos que ayudar y estar ahí para acompañar en el dolor, ofrecer soluciones y hacer prevención, por supuesto, hacer prevención en nuestra educación cristiana, en el trato, en la pastoral ordinaria. Prevenir para que la gente pueda estar alerta.
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