CATÓLICOS EN SALAMANCA – Pitiegua, toda una vida alrededor de su iglesia

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Los vecinos de esta localidad de La Armuña recorren sus recuerdos ligados al templo, desde aquellas primeras misas de la mano de sus madres hasta las comuniones, las bodas, los bautizos de sus hijos y nietos o las despedidas de sus seres queridos

 

SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN

Hay lugares por los que parece pasar una vida entera. En Pitiegua, basta escuchar durante unos minutos a sus vecinos para descubrir que uno de ellos es su iglesia. Aquí fueron bautizados. Aquí hicieron la primera comunión. Algunos también se casaron. Después regresaron para bautizar a sus hijos y, con los años, a sus nietos. Y aquí han despedido también a quienes ya no están. Entre unas celebraciones y otras quedan cientos de domingos, rosarios, procesiones, fiestas, conversaciones y recuerdos.

María del Mar

Por eso, cuando se les pregunta qué significa para ellos este templo, las respuestas terminan hablando de algo mucho más grande que un edificio. Pitiegua es la segunda parada de un recorrido por varios pueblos de La Armuña con motivo de la campaña diocesana “Tu pueblo, tu iglesia, tu historia”, una iniciativa que invita a cuidar las iglesias de nuestros pueblos y, sobre todo, a redescubrir todo lo que guardan entre sus muros.

María del Mar lo resume casi sin darse cuenta: “Todo lo he celebrado aquí”. Fue bautizada, hizo su primera comunión y, más tarde, se casó en esta iglesia. Después llegaron sus hijos y sus nietos.”Se casaron mis hijos, he bautizado a mis nietos…”. También ha vivido aquí las despedidas de sus seres queridos. Por eso reconoce que el domingo en el que no acude a misa siente que le falta algo.

Junto a las madres y abuelas

Cuando vuelve a su infancia aparece, una vez más, la figura de su madre. Y también la de su abuela. Con ellas venía a la iglesia. Recuerda especialmente el día de su primera comunión, cuando los niños recorrían las casas llevando estampas a familiares y vecinos para invitarlos después al refresco.

Pero hay algo que sorprende todavía más. Han pasado décadas y María del Mar recuerda palabra por palabra lo que tuvo que leer aquel día en nombre de las niñas que hacían la primera comunión. Comienza a recitarlo y, al terminar, ella misma se emociona: “No se me ha olvidado nunca, nunca, nunca”.

Hoy sigue vinculada a la parroquia. Los viernes se reúne con otras mujeres del pueblo para cantar. Forman un pequeño coro, aunque esas reuniones sirven para bastante más: unas veces cantan, otras juegan y otras, simplemente, hablan. La iglesia continúa siendo lugar de encuentro.

Recuerdos de la infancia

Milagros

Hay una imagen que se repite cuando los vecinos de Pitiegua rebuscan en sus primeros recuerdos: casi todos llegaron a esta iglesia de la mano de sus madres. Milagros nació en el pueblo y recuerda acudir con su madre o con las vecinas. Y entre sus recuerdos adolescentes aparece uno que cuenta entre risas: al caer la tarde había rosario y las chicas acudían, sí, a rezar, pero también “un poco por ver a los chiquillos que venían”.

Tomasa Herrero, que vive en Madrid pero continúa regresando a Pitiegua, tampoco recuerda exactamente la primera vez que entró en la iglesia. Tiene 78 años. Pero sí sabe quién estaba a su lado: “Con la madre, con la madre siempre”.

Eran otros tiempos. Ni siquiera había bancos como los actuales, sino reclinatorios. Su hermana mayor llegó a tener uno; ella, no. Y de aquellos años conserva especialmente las fiestas y Santa Águeda, cuando las mujeres se convertían en protagonistas. “Pitiegua y Pitiegua”, repite cuando se le pregunta qué significa regresar. El pueblo sigue tirando de quienes un día tuvieron que marcharse.

Los recuerdos de Jaime

Tomasa

Jaime mira aquellos años con la distancia que da el tiempo y reconoce que muchas cosas han cambiado. Pero hay una sensación que permanece. Después de toda una vida como cristiano, explica que si un domingo no hay eucaristía siente “como si no hubiera pasado la semana”.

A su lado, Amalia, su mujer, es hoy una de esas personas que hacen posible que el templo siga abierto y cuidado. Es la responsable de la llave, de abrir y cerrar y de comprobar que todo esté en orden. Lo hace, dice, “con mucho gusto”.

También su historia personal ha pasado por aquí: la primera comunión, su boda, el bautismo de sus hijos y las celebraciones alegres y tristes de una familia. “Todo lo que es un poco fuera de lo normal pasamos por la iglesia“, resume.

Las Candelas y Santa Águeda

La historia del templo también se cuenta a través de las tradiciones que el pueblo continúa manteniendo. Juana recuerda cuando había sacerdote residente y prácticamente todo el pueblo acudía diariamente a misa. Hoy conserva especialmente el cariño por la fiesta de las Candelas.

Jaime y Amalia

Ese día, las mujeres se visten con los trajes charros, preparan a la Virgen y participan en la procesión.  Las mismas mujeres participan también en Santa Águeda. Porque alrededor de las celebraciones religiosas se ha ido tejiendo otra historia, la de las relaciones, las amistades y los encuentros que mantienen viva una comunidad.

Por su parte, Inmaculada no nació en Pitiegua. Llegó al pueblo al casarse con Manuel, natural de la localidad, pero después de 37 años colaborando con la parroquia y con sus vecinos, esta iglesia también forma parte de su propia historia. “Para mí creo que es de lo más importante”, asegura.

Fue educada desde pequeña en la fe y ha intentado transmitirla también a sus hijos. Reconoce que las costumbres han cambiado y que la relación con la iglesia no es hoy la misma que hace unas décadas. Quizá precisamente por eso adquiere todavía más valor el trabajo silencioso de quienes continúan abriendo una puerta, preparando una celebración, cantando o cuidando aquello que recibieron de generaciones anteriores.

«La iglesia es el símbolo del pueblo»

Inmaculada

Francisco, conocido en Pitiegua como Paco, el fontanero, pasó aquí sus primeros treinta años. Después se marchó, pero nunca terminó de irse. Él y su mujer, también del pueblo, han seguido regresando prácticamente cada semana. Cuando habla de la iglesia introduce una mirada diferente. “Seas religioso o no, es el edificio más importante que hay en el pueblo”, afirma.

Su hijo, arquitecto, realizó un estudio sobre el templo y eso permitió a Francisco conocer mejor una historia marcada también por el paso de los siglos y los conflictos. Según relata, la iglesia actual se levantó sobre otra anterior y buena parte de su documentación desapareció en épocas de guerra.

Por esta iglesia han pasado los seres queridos. Aquí permanecen los recuerdos de quienes ya no están. Aquí se encuentra una parte de la historia de cada familia. “La iglesia es el símbolo del pueblo“, concluye.

Una historia compartida

Juana
Paco

 

 

 

 

 

 

 

 

Las voces de Pitiegua hablan de fe, pero también de madres y abuelas, de primeros amores, de estampas de comunión repartidas por las casas, de rosarios con alguna travesura, de mujeres vestidas con traje charro, de bodas, bautizos, funerales y domingos en los que encontrarse.

Eso es lo que quiere recordar “Tu pueblo, tu iglesia, tu historia”: que cuidar estos templos no significa únicamente conservar un patrimonio. Significa permitir que siga en pie el lugar en el que tantas generaciones han celebrado los momentos más importantes de sus vidas.

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