Desde la fundación del Real Colegio-Seminario de Corpus Christi, el Patriarca Juan de Ribera estuvo preocupado por reunir un gran número de reliquias históricas de santos de la Iglesia, así como de personas veneradas en su época y que, en el futuro, serían canonizados por sus virtudes y por su vida.
El Real Colegio-Seminario de Corpus Christi de Valencia es uno de los espacios de la ciudad que guarda más tesoros desconocidos dentro de sus muros. Entre sus paredes encontramos un lugar en el que el arte se abre a multitud de disciplinas: pintura, escultura, orfebrería, arquitectura… Más allá de reunir libros u obras artísticas, el fundador san Juan de Ribera (1532-1611) también estuvo especialmente preocupado por coleccionar un sinfín de reliquias que, para la mentalidad del siglo XVI, eran magníficos instrumentos para la piedad ya que acercaban a los creyentes a la espiritualidad. Las reliquias son testimonios materiales de una santidad que fue real.
Para poder acoger, guardar y exponer todas estas reliquias que, durante años, Juan de Ribera fue recopilando para el Colegio del Patriarca, se construyó una sala relicario que en estos momentos se encuentra en pleno proceso de restauración. El espacio se sitúa tras el altar mayor y junto a la sacristía de la capilla mayor. La estancia destaca por su rica decoración, compuesta por un refinado ciclo pictórico con motivos florales y faunísticos, así como por la presencia de los tradicionales azulejos que revisten parte de las superficies.
En una de las paredes de dicha sala se levanta un imponente armario relicario de madera que se articula en arcones y puertas finamente decoradas. Los delicados dorados destacan sobre el fondo azul de un mueble que en estos momentos es el centro de las principales intervenciones de consolidación y recuperación que se están realizando. En él se guardan decenas de reliquias sagradas y datadas en diferentes siglos.
El paso del tiempo y el ataque de las termitas han obligado a actuar con precisión y delicadeza. Pilar Melenchón, una de las restauradoras de la empresa Noema, especializada en este tipo de trabajos, nos explica la compleja intervención que están realizando desde hace más de tres meses. “La capa pictórica estaba muy levantada en algunas zonas y corría el riesgo de caer”, señala.
Cuando se iniciaron los actuales trabajos, las superficies pintadas se encontraban protegidas por un velo de papel japonés, aplicado anteriormente por otra empresa, cuya función era asegurar las zonas de color levantadas o con peligro de desprendimiento. El protocolo de intervención ha contemplado, en primer lugar, la retirada controlada de esta protección temporal.
Posteriormente, las superficies se han sometido a una pre humectación localizada mediante una solución de agua y alcohol, utilizada para reducir la tensión superficial y favorecer la penetración del material consolidante.
La fase final ha consistido en la infiltración de adhesivos orgánicos destinados a reabsorber los levantamientos de la película pictórica y restablecer la correcta adhesión entre el color y el soporte subyacente.
Todos estos esfuerzos se han centrado, inicialmente, en las puertas decoradas “de las que se ha tenido que eliminar la suciedad superficial de forma mecánica”. Se trata de un trabajo particularmente largo y complejo, ya que cada fase requiere tiempos prolongados y operaciones altamente especializadas.
Después de eliminar la suciedad, se ha procedido a consolidar todo el trabajo con cola orgánica y “empezamos ya con los estucos”. Puesto que el mueble tenía multitud de faltantes de pintura que se había desprendido con el paso de los siglos, para la reintegración de lagunas y fracturas se ha utilizado un estuco preparado artesanalmente por las propias restauradoras, compuesto de carbonato cálcico y cola orgánica.
“El material se ha aplicado en varias capas sucesivas y se ha lijado progresivamente hasta alcanzar el volumen deseado, con el objetivo de obtener una perfecta compatibilidad física y estética con los materiales originales de la obra”. Puesto que se trata de una pieza BIC (Bien de Interés Cultural), con especial protección patrimonial, la decisión de elaborar manualmente el estuco responde a la voluntad de “adoptar una solución lo más cercana posible a las técnicas históricas originales”, apunta Pilar Melenchón.
Otro momento especialmente delicado ha sido el tratamiento que se ha tenido que aplicar al armario por el ataque xilófago de termitas, “que era bastante importante”, y que ha comprometido sobre todo las partes inferiores del mueble y la parte trasera de la cornisa superior. En algunos casos “la madera había perdido su consistencia” puesto que los insectos habían creado toda una red de galerías que ponía en peligro la dureza de la pieza.
Para eliminar las termitas, primero se ha inyectado una mezcla de alcohol y agua que ha servido para reducir la tensión superficial, de modo que se ha facilitado la posterior aplicación de permetrina para la eliminación de los insectos.
A continuación, se ha procedido a la fase de consolidación con una resina sintética que, diluida al 10% en las zonas dañadas, ha servido para compactar y proteger la madera. De esta resina se han realizado tres aplicaciones sucesivas y, finalmente, se han estucado las superficies.
Una vez finalizada su restauración, la sala relicario podrá ser visitada de nuevo los viernes, después de la misa de las 10:00 y del canto del ‘Miserere’.
LA SALA RELICARIO
Originariamente, la sala relicario fue la capilla privada del arzobispo Juan de Ribera. En ella celebraba la eucaristía diariamente, acompañado por algún colegial. Esto se conoce, por ejemplo, porque en la bóveda de la antigua celda del santo sevillano existe una pintura celebrando la eucaristía en esta sala relicario.
Las primeras reliquias del Colegio-Seminario se conservaban en lo que es actualmente el nicho donde se guarda el cuerpo de San Juan de Ribera.
Las reliquias custodiadas incluyen las de personas particulares por las que se tenía una especial devoción en ese periodo del siglo XVI. Estas personas eran vistas como siervos de Dios, futuros beatos y santos, aunque muchos no habían iniciado siquiera el proceso de beatificación.
Juan de Ribera, atento a esa devoción popular y a su propia percepción e intuición, fue coleccionando piezas que iba guardando en paquetitos, en tecas o en custodias reutilizadas como relicario. Encontramos en el armario relicario, por ejemplo, un trozo de hábito de quien se convertiría en san Luis Bertrán (canonizado en 1671), que en ese momento no era ni siquiera beato; el cíngulo de san Pascual Bailón (canonizado en 1690); otro cinturón con hebilla de hueso de Luis Bertrán; un trozo del corazón de santa Teresa de Jesús (canonizada en 1622); o un trozo de calabaza donde la propia Teresa de Jesús portaba agua bendita cuando hacía las fundaciones.
Entre las reliquias más antiguas que se conservan están el brazo de san Bartolomé; el de san Andrés; un trozo de hueso de san Pedro; otro de san Pablo. Una de las piezas más difíciles de conseguir fue la sagrada canilla de san Vicente Ferrer, que llegó a Valencia en 1601. Antes de esa fecha la ciudad no contaba con ninguna reliquia ósea del santo valenciano. Juan de Ribera la obtuvo a través del embajador de Francia, que medió para que la ciudad de Vannes cediera ese hueso de la pierna de san Vicente.
Por otro lado, uno de los elementos decorativos y artísticos más significativos conservados en esta sala es el tríptico ante el que san Juan de Ribera celebraba la misa. El Patriarca le encargó a Luis de Morales que lo pintara en el momento de su juicio final.
En la representación, Juan de Ribera aparece revestido con ornamentos pontificios blancos. El ángel de la guarda presenta su alma a la Trinidad y el demonio muestra sus culpas. Pero Jesús intercede ante el Padre señalándose el costado, como mostrándole que está redimido, que perdona esas culpas del Patriarca. En la imagen también vemos en un lado a María, que intercede por Juan de Ribera señalándolo, mientras que en el otro lado aparece san Juan Evangelista, que media también por él.
Juan de Ribera siempre celebraba la misa ante esa pintura para recordar que, por muy pecador que sea uno, se salva no por sus méritos, sino por la gracia de Dios.
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